Columna · Ideas

La formación de una derecha nacional y popular en México

Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de izquierda y derecha, estos conceptos se asociaban con las clases sociales que cada una decía representar. La izquierda se identificaba con la clase obrera, con el llamado «pueblo»: trabajadores, campesinos, agricultores, habitantes del medio rural, de los ejidos y de las periferias urbanas. Era el sector popular que constituía su base electoral más sólida.

En contraste, la derecha era percibida —y en buena medida todavía lo es, particularmente en México— como la expresión política de las élites económicas. Se le atribuía representar a quienes tenían mayores recursos y gobernar para una minoría privilegiada, mientras el resto de la sociedad permanecía marginado y encontraba representación en la izquierda. Durante décadas, ese esquema definió la competencia política.

La izquierda se presentó como la defensora de lo nacional y lo popular. Desde esa lógica impulsó políticas proteccionistas para favorecer la industria nacional frente al libre comercio y construyó un discurso de fuerte contenido antiimperialista, especialmente en América Latina. Ese mismo nacionalismo también se expresó en el terreno cultural: hablar español con orgullo formaba parte de esa identidad, mientras que el uso frecuente de anglicismos se asociaba con sectores acomodados, con una educación privada o con una visión alejada de la cultura popular. En el ámbito económico, impulsó políticas orientadas a obtener el respaldo de las mayorías: aumentos salariales, subsidios, controles de precios, reducción de tasas de interés y programas de transferencias públicas, entre otras medidas.

La derecha, por el contrario, fue identificada con una visión menos nacional-popular. Su imaginario tendía a admirar modelos de desarrollo urbanos extranjeros, especialmente los de Estados Unidos como Houston o Nueva York, y con frecuencia asumía referencias culturales anglosajonas como símbolo de modernidad. En esa misma lógica, era común que el inglés ocupara espacios relevantes en la publicidad, el comercio y la comunicación empresarial, aun cuando una parte importante de la población no estuviera tan familiarizada con ese idioma. En materia económica, la percepción predominante era que la derecha privilegiaba políticas orientadas a favorecer la inversión, la empresa y los sectores con mayor capacidad económica, bajo la premisa de que el crecimiento terminaría beneficiando al conjunto de la sociedad. Como consecuencia, amplios sectores populares consideraban que sus preocupaciones ocupaban un lugar secundario dentro de esa agenda política.

Sin embargo, ese mapa político comenzó a modificarse. La pregunta es evidente: ¿qué ocurrió para que, en buena parte del mundo, la derecha comenzara a conquistar el voto popular mientras la izquierda empezó a ser percibida como la opción preferida de las élites culturales y urbanas?

El giro hacia el progresismo cultural

La transformación comenzó cuando la izquierda dejó de estructurar su discurso alrededor de lo nacional y lo popular para concentrarse cada vez más en las causas del progresismo cultural. A partir de entonces, su agenda política se orientó hacia las demandas de distintos grupos identitarios: el feminismo, el movimiento LGBT, las políticas migratorias, la agenda climática, el multiculturalismo y otras reivindicaciones similares. Al convertirlos en el eje de su acción política, muchos partidos de izquierda relegaron las preocupaciones cotidianas de las mayorías: la seguridad, el empleo, el costo de vida, la vivienda y los servicios públicos. En ese proceso, una parte de su antigua base social comenzó a sentirse políticamente huérfana.

Estados Unidos ofrece varios ejemplos de este cambio. Tras la muerte de George Floyd en 2020, movimientos como Black Lives Matter y Defund the Police impulsaron la reducción del financiamiento destinado a la policía bajo el argumento de combatir el racismo estructural. En distintas ciudades gobernadas por el Partido Demócrata se aprobaron recortes o reasignaciones presupuestales en materia de seguridad pública. Quienes cuentan con recursos suficientes pueden recurrir a seguridad privada o vivir en comunidades con vigilancia propia; en cambio, quienes dependen exclusivamente de la seguridad pública —particularmente los sectores populares y buena parte de la clase media— son quienes se ven más afectados por estas medidas ideológicas.

Otro caso es California. El estado enfrenta incendios forestales de gran magnitud prácticamente cada año, y el Partido Demócrata lleva ya varios años en el poder. En lugar de atender y resolver un problema de esa magnitud —megaincendios que constantemente azotan al estado y hacen que familias enteras pierdan sus hogares y pertenencias—, se ha preferido, por ejemplo, pintar calles e hidrantes con los colores del movimiento LGBT para dar visibilidad a una minoría. Nuevamente aparece la izquierda como «el gobierno de unos cuantos», que termina gobernando para un único sector de la población y descuidando a las mayorías afectadas por problemas serios.

Otro caso común es el de permitir el acceso de hombres a los baños de mujeres, o su participación en los deportes femeninos. Por lo general, un padre de familia no aceptaría que un hombre que se autopercibe mujer entre al mismo baño que su esposa o su hija, ni que compita en la misma categoría de natación que ella. Como el caso de Lia Thomas en Estados Unidos, nadador biológicamente masculino que compitió en la categoría femenina y se llevó el primer lugar. Varias de sus compañeras de equipo denunciaron públicamente la incomodidad de tener que compartir vestidor con un cuerpo masculino.

España constituye otro ejemplo que suele mencionarse dentro de este fenómeno. Los críticos del gobierno encabezado por el PSOE sostienen que su política migratoria ha favorecido una inmigración irregular descontrolada y que ello ha contribuido al deterioro de la seguridad en distintos barrios, especialmente aquellos donde viven familias trabajadoras. Desde esa misma crítica, también se argumenta que parte de la izquierda española concede mayor prioridad política a la integración de nuevos inmigrantes que a las preocupaciones de los propios ciudadanos españoles.

La entonces ministra Irene Montero declaró públicamente que buscaría que los inmigrantes en situación irregular pudieran votar y ser nacionalizados, o bien cambiar la ley para permitirlo. Lo más polémico fue el tono con el que se refirió a sus propios compatriotas: llamó a los migrantes a ayudar a «barrer a tanto facha» y a no dejarlos solos «con los fachas». En otras palabras, una izquierda que durante mucho tiempo dijo representar lo nacional y lo popular termina hablando con desprecio de una parte de sus propios connacionales.

Otro ejemplo europeo es el llamado Pacto Verde, promulgado hace unos años en el Parlamento Europeo, que implicaría prohibir progresivamente los vehículos de diésel y avanzar hacia una transición ecológica. En apariencia suena bien: ¿quién no quisiera cuidar el medio ambiente? El problema es que quien cuenta con poder adquisitivo suficiente podrá comprar un coche eléctrico sin dificultad, mientras que quien no lo tiene se quedará sin poder usar su vehículo de diésel. ¿En qué se trasladará entonces? Nuevamente vemos a una izquierda que abandona la situación de los ciudadanos de a pie para cumplir con las agendas ideológicas de unos cuantos.

El caso de México

En México, este cambio también comienza a manifestarse. Cuando Morena llegó al poder en 2018, el presidente Andrés Manuel López Obrador construyó su legitimidad política alrededor de la idea de representar al pueblo y defender los intereses nacionales. Sin embargo, la crítica que aquí se plantea es que, con la llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia, ese discurso ha comenzado a incorporar con mayor fuerza elementos propios del progresismo cultural o «wokismo».

Uno de los ejemplos que suele señalarse es el lema «Llegamos todas». Desde esta perspectiva, el mensaje proyecta la imagen de un gobierno que coloca a las mujeres como sujeto político central de su narrativa, mientras muchos hombres perciben que sus preocupaciones ocupan un lugar secundario. En esa misma línea se interpretan declaraciones de Sheinbaum sobre la necesidad de que los hombres participen en las labores domésticas. Para buena parte de los sectores populares, la jornada laboral implica trabajos físicamente extenuantes: albañiles, agricultores, operadores del transporte público, mecánicos, plomeros, carpinteros, jardineros y muchos otros oficios que demandan largas horas de esfuerzo físico. Desde esa realidad, algunos hombres pueden percibir ese tipo de mensajes como una descalificación de su trabajo cotidiano.

Otro ejemplo ocurrió en junio de 2025, cuando la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, promovió un evento para formar la bandera LGBT más grande del mundo en el Zócalo capitalino. Más allá del costo exacto del evento, la crítica consiste en cuestionar la prioridad del gasto público. Mientras la ciudad enfrenta problemas cotidianos como baches, inundaciones, escasez de agua, deterioro del Metro, inseguridad y mantenimiento de infraestructura, una parte de la ciudadanía percibe que la izquierda que lleva treinta años gobernando la capital ha ido abandonando a las mayorías para gobernar para unos cuantos. Desde esta óptica, Morena reproduce el mismo proceso observado en otros países: desplaza gradualmente su atención desde las preocupaciones de las mayorías hacia agendas que muchos ciudadanos consideran alejadas de sus necesidades inmediatas.

Ese cambio abre una oportunidad política. En distintos países, la derecha comenzó a incorporar temas que durante décadas fueron patrimonio de la izquierda: empleo, protección social, identidad nacional, soberanía económica y crítica a las élites políticas. En otras palabras, buscó ocupar el espacio que la izquierda dejó vacante entre los sectores populares. La consecuencia ha sido un reacomodo del mapa electoral: trabajadores, campesinos, habitantes de zonas rurales y sectores populares comenzaron a trasladar su voto hacia partidos y movimientos de derecha, mientras la izquierda pasó a concentrar buena parte de su respaldo en sectores urbanos, universitarios y profesionales vinculados a las nuevas agendas culturales.

A continuación se muestran resultados de elecciones recientes de distintos países en los que puede verificarse este fenómeno.

Resultados de Italia de las elecciones al Parlamento Europeo 2024
ItaliaResultados de las elecciones al Parlamento Europeo, 2024. Fuente: Wikimedia Commons.
Resultados de Chile de las elecciones generales 2025
ChileResultados de las elecciones generales, 2025. Fuente: Wikimedia Commons.
Mapa de condiciones económicas de Alemania por regiones y resultados de las elecciones generales 2025
AlemaniaCondiciones económicas por región y resultados de las elecciones generales, 2025. Fuente: Wikimedia Commons.
Resultados de España de las elecciones al Parlamento Europeo 2024
EspañaResultados de las elecciones al Parlamento Europeo, 2024. Fuente: Wikimedia Commons.
Resultados de Estados Unidos de las elecciones presidenciales 2024
Estados UnidosResultados de las elecciones presidenciales, 2024. Fuente: Wikimedia Commons.
Resultados de Francia de las elecciones al Parlamento Europeo 2024
FranciaResultados de las elecciones al Parlamento Europeo, 2024. Fuente: Wikimedia Commons.

La tesis central de este ensayo parte precisamente de esa transformación. Con excepción de México, buena parte del mundo occidental ya experimenta este fenómeno. En nuestro país, sin embargo, la percepción dominante sigue siendo que la izquierda representa al pueblo, mientras la derecha continúa asociándose con las élites económicas. Ese es el motivo de este artículo: preguntarse qué se tendría que hacer para que en México pudiera consolidarse una derecha nacional y popular.

¿Cómo construir una derecha nacional y popular en México?

Si la izquierda ha dejado de representar las preocupaciones cotidianas de amplios sectores populares, la derecha tiene la oportunidad de construir un nuevo vínculo con esos ciudadanos. Para lograrlo se necesita un discurso de hartazgo que conecte con los olvidados, marginados y excluidos por el gobierno de Morena, señalando su preferencia por gobernar sólo para unos cuantos. Sin importar que ese discurso pueda parecer políticamente incorrecto: retomando el caso de la Ciudad de México, criticar por qué se invierte más dinero en causas como la bandera LGBT más grande del mundo que en atender baches, inundaciones y el mantenimiento del Metro.

Hace falta también un discurso que exponga la violencia sin sesgos ideológicos, con el que se identifiquen las mayorías cansadas de que se presente siempre al hombre como villano y a la mujer siempre como víctima. Existen ciudadanos —hombres y mujeres— preocupados por casos de denuncias falsas, conflictos familiares y disputas por la custodia de los hijos, en un marco legal que, por la perspectiva de género, no siempre exige pruebas de lo que se denuncia. Hay padres que han sido víctimas de falsas acusaciones y tienen prohibido por un juez ver a sus hijos. Hay que acercarse a esa gente para darle voz. Nos llamarán «machistas» o «misóginos», pero las mayorías se sentirán identificadas.

Se necesita, además, un discurso que conecte con quienes dependen de la salud pública y no encuentran medicamentos ni consultas, mientras sí se destina presupuesto a practicar abortos en el IMSS o el ISSSTE. ¿Cómo es posible que haya dinero para eso —algo con lo que buena parte de los mexicanos está en desacuerdo— y no lo haya para atender la salud del pueblo? Lo mismo ocurre con el campo mexicano: campesinos, agricultores y productores rurales suelen expresar que sus demandas reciben poca atención del poder político. Recuperar ese vínculo significa volver a hablar de soberanía alimentaria, producción nacional y desarrollo regional desde una perspectiva conservadora y democrática. Y otro tanto puede decirse de las madres buscadoras, ignoradas y desprestigiadas por el gobierno actual.

Este es el momento para que la derecha se reinvente en México y logre conectar con las masas populares. Que despierte a la mayoría silenciosa, acercándose a ese pueblo olvidado y marginado, sin temor a las etiquetas con las que la izquierda progresista intentará descalificarla. Así fue como las derechas de Donald Trump, Giorgia Meloni, Marine Le Pen, Santiago Abascal, Alice Weidel, Viktor Orbán, José Antonio Kast y Javier Milei, entre otras, lograron posicionarse como una derecha nacional y popular: hoy son las clases populares, rurales y campesinas de sus respectivos países quienes votan por ellas.

¿Ustedes consideran que esta tendencia política global se replicará en México? ¿Podrá formarse y consolidarse una derecha nacional y popular? ¿Surgirá algún día un líder de derecha popular en nuestro país? ¿Qué más creen que se necesita para lograrlo?

Jesús Luévano
Jesús Luévano

Mexicano, patriota, conservador y advocante de la cultura occidental y del cristianismo. Convencido de que el sentido común no necesita pedir permiso: la vida, la familia y la libertad no se negocian. Ante el avance de una agenda globalista que busca recortar nuestras libertades fundamentales y erosionar los valores y la identidad occidental-cristiana, decidió dejar de ser espectador y sumarse a la batalla cultural. Lleva varios años militando y abanderando las ideas de una derecha nacional y popular en México, inspirado por referentes internacionales que demuestran que esta causa ya no es tendencia, sino realidad en todo el mundo.

Sigue a Jesús en Instagram

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio