El mito de la Revolución Cubana
Durante más de seis décadas, buena parte del mundo ha aceptado el mito fundacional de la Revolución Cubana (1953-1959): la idea de que Fidel Castro rescató a su nación de la miseria para convertirla en un referente de justicia social.
Sin embargo, cuando se examinan con detenimiento los datos económicos, la historiografía y la evidencia empírica, surge una realidad muy distinta. La historia de Cuba no es la de un país liberado, sino la de una nación próspera que fue secuestrada, desmantelada y transformada en un experimento totalitario.
La vida antes de la Revolución
En la década de 1950, Cuba figuraba entre las naciones más prósperas de Hispanoamérica. Como ejemplo, el Atlas Mundial de Economía situaba a la isla en el lugar 22 de prosperidad a nivel global, mientras que su renta per cápita era comparable con la de Italia. En 1958, además, era el tercer país del continente con mayor solidez monetaria gracias a sus reservas de oro y dólares. La tasa de alfabetización alcanzaba el 78 %.
Los indicadores sanitarios también eran propios de un país desarrollado. En aquellos años, naciones como Holanda, Francia, el Reino Unido y Finlandia contaban con menos médicos y dentistas que Cuba. En materia económica, la isla registraba la inflación más baja de América Latina: apenas 1.4 %. Para dimensionarlo, México presentaba una inflación cercana al 7.8 %, mientras que Bolivia alcanzaba el 63 %.
Estas condiciones explican por qué miles de europeos solicitaban trasladarse a Cuba en busca de oportunidades. No se niega que existieran problemas importantes, como la desigualdad social o el carácter autoritario del régimen de Fulgencio Batista. Sin embargo, reducir aquella realidad a un país sumido en la miseria constituye una simplificación histórica. Fue precisamente ese contexto el que llevó a buena parte de la sociedad cubana a depositar sus esperanzas en un joven llamado Fidel Castro, convencida de que encabezaría una transición hacia un sistema más libre y democrático.

Se instaura la Revolución
Cuando Fulgencio Batista abandonó la isla en 1959, buena parte de la población esperaba el restablecimiento de la democracia. Sin embargo, ocurrió lo contrario. La cúpula guerrillera encabezada por Fidel Castro emprendió una purga política destinada a concentrar el poder en sus manos.
Una vez consolidado el nuevo gobierno, el régimen no solo desplazó a sus adversarios, sino también a quienes inicialmente habían acompañado el proceso revolucionario. Ni siquiera el presidente provisional de 1959, Manuel Urrutia, permaneció al margen. Apenas seis meses después de asumir el cargo, fue obligado a dimitir tras denunciar la creciente influencia comunista dentro del nuevo gobierno. Fidel Castro lo desacreditó públicamente en televisión nacional.
Con la oposición neutralizada y los principales contrapesos eliminados, el nuevo régimen consolidó un modelo de poder inspirado en las estructuras totalitarias de corte soviético. Se abolió la separación de poderes y el Estado concentró progresivamente todas las funciones políticas. La fortaleza militar de La Cabaña se convirtió en el escenario de numerosos fusilamientos dirigidos por Ernesto «Che» Guevara. El propio régimen los justificó como parte del ejercicio del terror estatal. Esa actuación le valió a Guevara el apodo de «la máquina de matar», expresión utilizada por primera vez en el libro homónimo del escritor Nicolás Márquez.
La transformación política estuvo acompañada de un cambio radical en el modelo económico. La nacionalización forzosa y sin compensación de empresas privadas paralizó amplios sectores de la economía. La reforma agraria tampoco significó la transferencia efectiva de la propiedad a los campesinos; por el contrario, el Estado pasó a convertirse en el principal propietario de la tierra.
Las consecuencias no tardaron en hacerse visibles. Durante los primeros tres años del nuevo régimen, la producción azucarera cayó aproximadamente a la mitad. Para 1962, un país que pocos años antes figuraba entre los de mayor consumo de la región instauró la libreta de racionamiento, obligando a la población a administrar productos básicos como el arroz y los frijoles mediante cuotas establecidas por el Estado. Frente a ese escenario comenzó uno de los primeros grandes éxodos de la historia contemporánea de Cuba: entre 1960 y 1962, más de 200 mil profesionistas abandonaron la isla.
A pesar de ello, la Revolución Cubana adquirió una enorme popularidad entre amplios sectores de la izquierda internacional. Durante años, el régimen logró proyectar una imagen romántica de su proceso revolucionario. Sin embargo, buena parte de esa narrativa ha sido posteriormente refutada por trabajos historiográficos. La maquinaria propagandística del castrismo fue especialmente eficaz durante sus primeros años. Al mismo tiempo, la confrontación con Estados Unidos se convirtió en un elemento central de legitimación política: la nacionalización de refinerías y empresas estadounidenses proporcionó al régimen el conflicto internacional que después serviría como uno de los pilares de su discurso, la narrativa del llamado «bloqueo».



¿Bloqueo o embargo?
Para mantenerse en el poder, el régimen necesitaba construir un enemigo externo que explicara el deterioro económico de la isla. Estados Unidos cumplía ese papel, mientras que el llamado «bloqueo» se convirtió en el eje de su narrativa política. Pero ¿corresponde ese término a la realidad? La respuesta es que no.
Lo que existe entre Estados Unidos y Cuba es un embargo, no un bloqueo. En términos generales, el embargo implica que Estados Unidos restringe sus relaciones comerciales con la isla, una decisión que esta vincula a las expropiaciones y nacionalizaciones de empresas y refinerías estadounidenses realizadas por el gobierno revolucionario sin compensación. Así pues, el embargo significa que Estados Unidos dejó de comerciar con Cuba, pero no impide que la isla establezca relaciones comerciales con otros países. En consecuencia, Cuba mantiene la posibilidad de adquirir bienes y mercancías a través del resto del mercado internacional.
Este punto conduce a una reflexión adicional. Si parte del pensamiento socialista sostiene que el libre comercio genera dependencia y que el Estado debe asumir el control de los sectores estratégicos de la economía, resulta importante preguntarse por qué el deterioro económico de Cuba se atribuye principalmente a la imposibilidad de comerciar con un solo país.

El desastroso resultado de la Revolución
Tras más de seis décadas de Revolución, Cuba se ha consolidado como un modelo socialista de carácter autoritario que evidencia las consecuencias económicas y sociales de ese sistema político. Los indicadores actuales reflejan un panorama complejo. Para 2020, distintas estimaciones situaban la pobreza en la isla entre el 40 y el 51 % de la población. En otras palabras, cerca de la mitad de los cubanos vive en condiciones de pobreza.
A ello se suma el reducido poder adquisitivo de los salarios. El salario mínimo ronda los 16 dólares mensuales, una cifra insuficiente para cubrir las necesidades básicas. En ese contexto, muchos profesionistas optaron por abandonar el ejercicio de sus carreras para dedicarse a la prostitución, vista como alternativa económica para una parte de la población; con el paso de los años, la isla ha adquirido una importante reputación internacional como destino de turismo sexual.
Mientras tanto, quienes dirigían el régimen experimentaron una realidad muy distinta. De acuerdo con la revista Forbes, la fortuna de Fidel Castro llegó a estimarse en 900 millones de dólares, cifra publicada en 2012. Con esa estimación patrimonial, Castro llegó incluso a figurar por encima de otros jefes de Estado y miembros de casas reales, como la reina Isabel II del Reino Unido y la reina Beatriz de los Países Bajos. La misma publicación señalaba que su patrimonio había aumentado considerablemente respecto de los primeros años de la década del 2000, cuando se estimaba en aproximadamente 110 millones de dólares.
Este contraste resume una de las principales contradicciones del socialismo contemporáneo: mientras el discurso oficial promete redistribuir la riqueza en favor de la población, quienes concentran el poder terminan acumulando un patrimonio extraordinario, al tiempo que la sociedad enfrenta estancamiento económico y empobrecimiento.


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