Columna · Ideas

Castillo de naipes: lo que Washington está exhibiendo

El gobierno de Sheinbaum responde a la presión de Washington con un guion conocido: indignación soberanista, comunicados firmes, gestos de dignidad nacional. El problema es que el guion lo está leyendo el actor equivocado. No estamos ante un conflicto entre dos soberanías. Estamos ante un país al que Estados Unidos le exige cuentas precisamente porque ha dejado de comportarse como un país soberano. Lo que vemos no es la crisis de una administración. Es el final cantado de un siglo entero de inercia institucional.

El espejo de Washington

El consultor en seguridad Ghaleb Krame propone una pregunta incómoda, apoyado en el marco de la Escuela de Copenhague: cuando Trump designa a los cárteles como organizaciones terroristas, ¿a qué está apuntando en realidad?

Las designaciones, los aranceles, el músculo creciente de la DEA, las maniobras de la inteligencia estadounidense que ya casi nadie disimula: nada de eso apunta al Cártel de Sinaloa ni al CJNG como organizaciones criminales en sí. Apunta a lo que los protege. A la estructura política que los ha cobijado durante años. Trump no le está disparando al narco; le está disparando al techo bajo el que el narco vive cómodo.

Por eso ninguna nota diplomática, ningún reclamo en la mañanera, ninguna invocación a Benito Juárez va a alterar el fondo. Washington no nos está invadiendo. Nos está exhibiendo —con la franqueza brutal de un socio comercial que ya no puede fingir— lo que somos.

La herida abierta desde la Revolución

Y aquí hay que hablar con honestidad. Morena, Movimiento Ciudadano, el Verde, el Partido del Trabajo —y con la misma sobriedad, también el PAN y el PRI en porciones significativas del país— hace tiempo que dejaron de ser partidos en sentido estricto. No compiten por mandatos ideológicos ni por proyectos de gobierno. Son carrocerías legales que les permiten a los actores políticos verdaderos —cárteles, grupos económicos capturados, caciques regionales con poder de fuego— operar dentro del sistema. En la práctica, un solo cártel con territorio y dinero suficientes puede financiar al mismo tiempo a candidatos de cuatro o cinco partidos en una sola elección, y elige a su gusto el logotipo y la cara del piloto.

Y esto no empezó con la Cuarta Transformación. La 4T es la versión más franca, la más descarada, de una lógica que tiene un siglo. El México posrevolucionario nació con un pacto fundacional: el partido único capturaba al Estado para administrar los intereses de su élite. Cuando el PRI perdió la presidencia en el 2000, el sistema no se democratizó: se fragmentó. El partido único se volvió varios partidos, pero el negocio nunca cambió de manos. La política siguió siendo botín, las instituciones escenografía.

México lleva cien años viviendo de la inercia de la Revolución. Esa inercia dio lo que tenía que dar. Ya no da más.

Una soberanía que ya no existe

La pérdida corre por tres frentes. Territorial: cerca de un tercio del país opera fuera del monopolio efectivo de la fuerza estatal. Hay bandera, hay edificio, hay uniformes; no hay autoridad. Y en ese hueco vivimos millones: los que pagan piso, los que se desplazan en silencio, los que entierran a sus muertos sin denuncia. Legal: la reforma judicial de 2024 terminó de demoler lo poco que quedaba de independencia en el Poder Judicial. Cuando los jueces se eligen por el mismo mecanismo que captura al resto del sistema, lo que queda es la caricatura de un orden legal. Diplomático: Estados Unidos ya no nos sienta a la mesa como socio. Nos administra como territorio problemático.

Partidos con alma, no carrocerías

Krame propone una salida puntual: un gobierno técnico transitorio de especialistas, con mandato acotado para reestabilizar el piso institucional antes de 2030. Es una idea sensata, pero insuficiente.

El problema de fondo no es de gabinete; es de cimientos. Lo que México nunca terminó de construir —y lo que urge construir ahora— son partidos políticos en sentido riguroso. Partidos con cuerpo doctrinal, con visión civilizatoria, con un proyecto de país que pueda defenderse argumentalmente. No maquinarias electorales franquiciadas. No carrocerías al servicio del mejor postor.

Y esa no es una tarea de políticos. Es una tarea de ciudadanos —empresarios, académicos, comunicadores, comunidades organizadas— que entiendan que la política se construye con principios antes que con candidatos.

El castillo de naipes que llamamos sistema político mexicano se está cayendo solo. Trump no lo derribó: simplemente dejó de soplar el viento que lo sostenía. Y quien insista en defender el modelo a estas alturas no defiende a México. Sólo administra su decadencia.

Josué Candelaria
Josué Candelaria

Josué Candelaria es comunicador y comentarista político-cultural desde la nueva derecha mexicana. Es la voz fundadora de Acción Conservadora por México y conduce el pódcast Antiprogresista, donde analiza cultura, fe y el rumbo político del país.

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