Columna · Ideas

Ni Viva México, ni México Republicano, ni México Tiene Vida: ¿ahora qué sigue?

El intento de construir una nueva derecha en México ha vuelto a estrellarse contra el sistema electoral. Nuestras reglas están diseñadas para impedir que irrumpan fuerzas nuevas, y a ello se suma un INE funcional al oficialismo, poco dispuesto a abrir la puerta a partidos o movimientos cuya agenda contradiga de raíz la del régimen.

Relato aquí tres intentos recientes —y fallidos— por formar partidos de derecha en el país.

Movimiento Viva México: la intención sin el método

El primero fue Movimiento Viva México, encabezado por el actor y productor Eduardo Verástegui. Desde 2023 buscó un lugar en la política nacional; tras fracasar como aspirante a candidato independiente a la presidencia en 2024, intentó formar un partido que diera representación a una derecha huérfana. La intención fue buena; el método, no. Verástegui se mantuvo distante de la construcción del partido. A diferencia de su candidatura independiente —cuando sí salía a las calles a reunir las firmas que exige el INE—, esta vez se abstuvo, y llegó a escribir en X que no necesitaba recorrer el país porque la gente ya lo conocía. Muchos de quienes apoyábamos el proyecto no compartimos esa lectura. En la misma línea, rompió con varios de los miembros que le estaban dando estructura en distintos estados. El costo fue inmediato: sin estructura, sin liderazgos locales y sin una estrategia clara, era imposible celebrar las asambleas que el INE requiere. Nunca se realizaron. En enero de 2026, el movimiento reconoció por comunicado que no cumpliría los requisitos y dio por perdida la formación del partido.

México Republicano: la estrategia interrumpida

El segundo fue México Republicano, partido con registro local en Chihuahua que buscaba el registro nacional, encabezado por Juan Iván Peña Neder. Aquí el contraste fue notable: Peña Neder llegó con una estrategia definida y sabía lo que hacía. México Republicano desarrolló estructura a lo largo del país, nombró liderazgos regionales y locales, atrajo incluso a figuras provenientes del PAN y comenzó a agendar sus asambleas. Todo avanzaba hasta que, de un día para otro, el proceso se detuvo. Las asambleas agendadas no se celebraron y siguió un silencio que se rompió apenas en febrero de 2026, cuando la dirigencia anunció su renuncia al registro. Según su comunicado, las razones fueron amenazas del crimen organizado y falta de recursos. Un recordatorio de cómo la violencia política erosiona hoy nuestra democracia.

México Tiene Vida: la estructura que sí alcanzó

El tercero fue México Tiene Vida, con registro local en Nuevo León bajo el nombre «Vida» y aspiración de alcanzar el registro nacional, encabezado por Jaime Ochoa. Fue el proyecto con mejor estructura, y sus cifras de afiliación lo confirman. Con el respaldo de numerosas iglesias evangélicas y de un sector religioso y conservador que no se siente representado por ninguna opción política, reunió las afiliaciones y asambleas que exige el INE; llegó incluso a superar en afiliados al propio PAN. Todo apuntaba a que México Tiene Vida sería la nueva fuerza de derecha del país, la oposición firme frente a Morena que muchos esperaban: sin tibiezas ni complejos.

Pero se topó con un INE poco dispuesto a facilitarle el paso. El 25 de junio, el Consejo General resolvería sobre las organizaciones que habían cumplido los requisitos para constituirse como partidos nacionales rumbo a 2027. De los once consejeros, seis votaron en contra del registro de México Tiene Vida. Una consejera argumentó que hubo participación activa de ministros de culto en 58 asambleas. No obstante, días después de la negativa del INE, el partido lanzó un comunicado en el que aclaró que dichos ministros de culto no tuvieron participación activa en esas asambleas, sino que acudieron a ellas en ejercicio de sus derechos como cualquier ciudadano.

Entonces, ¿ahora qué sigue?

De cara a 2027, otra vez parecemos quedarnos sin una opción que represente a la derecha mexicana. En nuestras boletas no habrá un equivalente a La Libertad Avanza de Javier Milei, al Partido Republicano de José Antonio Kast, al Partido Republicano de Estados Unidos o a Firmes por la Patria de Abelardo de la Espriella en Colombia.

El PRI, pese a su resultado arrollador en Coahuila, atraviesa un panorama muy distinto en otras regiones, donde incluso está por desaparecer. Y aunque su dirigente nacional, Alito Moreno, ha coqueteado últimamente con las derechas internacionales —felicitando a figuras como De la Espriella o Keiko Fujimori por sus triunfos en Colombia y Perú, respectivamente—, lo cierto es que el PRI no comparte una agenda de derecha: ellos mismos se ubican en la centroizquierda y se llaman «socialdemócratas».

Del PAN he perdido la cuenta de cuántas veces se ha relanzado en menos de medio año. Ha querido recuperar su imagen de partido de derecha enarbolando lemas como «Patria, Familia y Libertad», asistiendo a marchas provida —como hizo su presidente nacional, Jorge Romero— y votando en contra de despenalizar el aborto, como ocurrió en Guanajuato el año pasado, cuando Morena buscó impulsar esa agenda en el congreso local y los votos del PAN resultaron decisivos para frenarla, en defensa de la vida. Y sin embargo, dentro del PAN persisten perfiles que no saben bien dónde están parados, a quienes la batalla cultural les resulta indiferente. Un ejemplo: Ricardo Anaya, en entrevista con Denise Maerker, rechazó la idea de que el PAN deba enfrascarse en una batalla cultural o adoptar posturas de «ultraderecha», porque, según él, esos discursos «alejan a la ciudadanía». Anaya parece ignorar que precisamente esos discursos son los que han venido ganando terreno en la batalla cultural —y, con ella, elecciones— en los países vecinos de la región. Ha sido la derecha la que ha ganado en los últimos meses, y lo ha hecho justamente por entrar al campo de las ideas. Su conclusión fue tajante: «Esos rollos de la ultraderecha no los comparto en lo absoluto», sin precisar siquiera qué entiende por «ultraderecha». Son figuras como esta las que terminan haciéndole más daño que bien a un partido que dice querer mostrarse, de nuevo, como la derecha mexicana.

Este es el panorama rumbo al 2027. Y sobre 2030, mejor ni hablar. A menos que algún outsider ajeno a la partidocracia dé la sorpresa y decida lanzarse como candidato independiente a la presidencia. Aunque, si somos honestos, desde que esa figura se reguló en la reforma electoral de 2014, México solo ha tenido dos candidatos independientes, ambos en 2018 —Margarita Zavala, que renunció, y «El Bronco»—. Los independientes no han tenido mucho éxito en las urnas, y aún menos en el proceso para obtener el registro: la ley electoral está diseñada para favorecer a los mismos de siempre, a la partidocracia.

Y ahora te pregunto: ¿qué sigue a partir de aquí? ¿Cómo podemos, como ciudadanos, impulsar una agenda de derecha en la sociedad? Y aunque lo logremos, ¿servirá de algo si no hay una fuerza política que la abandere y por la cual votar?

Jesús Luévano
Jesús Luévano

Mexicano, patriota, conservador y advocante de la cultura occidental y del cristianismo. Convencido de que el sentido común no necesita pedir permiso: la vida, la familia y la libertad no se negocian. Ante el avance de una agenda globalista que busca recortar nuestras libertades fundamentales y erosionar los valores y la identidad occidental-cristiana, decidió dejar de ser espectador y sumarse a la batalla cultural. Lleva varios años militando y abanderando las ideas de una derecha nacional y popular en México, inspirado por referentes internacionales que demuestran que esta causa ya no es tendencia, sino realidad en todo el mundo.

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