Columna · Ideas

El multiculturalismo como arma política: advertencia para Latinoamérica

El 7 de octubre de 1571, en el golfo de Patras, la armada del Imperio Otomano se enfrentó a la Liga Santa, integrada por el Imperio Español, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta y la República de Génova. Organizada por el papa Pío V y respaldada por Felipe II de España, aquella victoria evitó que Europa quedara sometida a una civilización cuya concepción del hombre, la autoridad y la vida social difería profundamente de la tradición occidental. Siglos después, la amenaza ya no llega por medio de flotas y ejércitos, sino mediante una ideología mucho más silenciosa: el multiculturalismo.

¿La amenaza ha terminado?

Hoy, bien entrado el siglo XXI, acontecimientos internacionales como la Copa del Mundo han vuelto visible un fenómeno que trasciende al deporte. Las celebraciones y disturbios registrados en ciudades de Francia, Inglaterra, Alemania y, en menor medida, España, reabrieron el debate sobre la integración cultural. Más allá de los hechos concretos, la pregunta es por qué existen comunidades que, después de décadas, continúan viviendo al margen de la identidad nacional del país que las recibió. La respuesta apunta a un modelo político que dejó de exigir integración para sustituirla por el multiculturalismo.

¿Qué es el multiculturalismo?

Como explica Agustín Laje, el multiculturalismo sostiene que todas las culturas poseen exactamente el mismo valor y que no existe un criterio objetivo para diferenciarlas. Además, propone que el Estado no solo tolere las diferencias culturales, sino que las proteja y les otorgue un reconocimiento jurídico especial, debilitando el principio de igualdad ante la ley. Así, cualquier intento de integración comienza a verse como discriminación y la identidad nacional deja de ser un bien que merezca preservarse.

¿Qué es la asimilación cultural?

La asimilación cultural no implica borrar las raíces de quien llega a un país. Significa adoptar el idioma, respetar las instituciones, aceptar las normas de convivencia y compartir un marco común de valores cívicos. Gracias a ese proceso, distintas generaciones de inmigrantes enriquecieron a numerosas naciones sin romper su cohesión. Cuando la asimilación desaparece y es reemplazada por comunidades paralelas, la identidad nacional empieza a fragmentarse.

¿Pueden cristianos y musulmanes convivir en armonía?

Conviene distinguir entre musulmán e islamismo. Un musulmán es simplemente un creyente del islam. El islamismo, en cambio, constituye un proyecto político que busca organizar la sociedad conforme a la sharía. Esa diferencia conceptual permite identificar con mayor precisión el debate.

La diferencia más profunda entre Occidente y la tradición islámica clásica no consiste en un catálogo de agravios, sino en la respuesta que ambas civilizaciones ofrecen a una pregunta anterior: ¿qué es el ser humano? La civilización occidental, marcada por la herencia grecorromana y la cristiandad, sostiene que toda persona fue creada a imagen y semejanza de Dios. De esa idea nace una dignidad inherente, anterior al Estado y a cualquier autoridad política. Sobre ese fundamento se desarrollaron principios como la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia y la protección del débil.

La antropología islámica clásica parte de un fundamento distinto. El hombre es, ante todo, siervo de Alá y su relación con Dios se comprende desde la sumisión. Esa diferencia repercute en la forma en que determinadas corrientes jurídicas e históricas han entendido el lugar del apóstata, del no creyente, de la mujer o del disidente. Cambiada la raíz, cambia también la arquitectura de la civilización.

Por ello, el conflicto no consiste en la convivencia cotidiana con personas musulmanas, sino en la pretensión de fusionar, mediante políticas multiculturalistas, dos cosmovisiones construidas sobre fundamentos distintos sin exigir un proceso de integración. El verdadero riesgo aparece cuando el Estado deja de defender su identidad cultural y renuncia a transmitirla a quienes llegan.

Europa ofrece hoy una advertencia que Hispanoamérica haría bien en observar. El problema no es la inmigración por sí misma, sino un modelo ideológico que relativiza la identidad nacional y considera que toda cultura debe mantenerse intacta dentro del mismo espacio político. Una sociedad que deja de confiar en sus propios principios termina debilitando aquello que hizo posible su estabilidad. Defender la asimilación cultural no significa rechazar al extranjero; significa preservar el marco común que permite la convivencia, la igualdad ante la ley y la continuidad de la civilización occidental.

Emiliano Ortega
Emiliano Ortega

Comunicólogo y especialista en liderazgo político, abiertamente de derecha. Defiende ideas conservadoras, soberanistas e hispanistas con un estilo directo y sin filtros.

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