Lo que sucede cuando el socialismo agota sus palabras
El 30 de septiembre, extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro decapitaron la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos. La golpearon con la placa de bronce que llevaba su nombre hasta desprender la cabeza. Es brutal. Y revela exactamente qué es el socialismo cuando deja de hablar y hace lo único que sabe hacer: destruir.
La estatua llevaba un año tirada en el piso. Un árbol la derribó en julio de 2025. Nadie la restauró. En las últimas horas, alguien decidió terminar lo que un árbol comenzó. La imagen circula en videos. Es la demostración práctica de una convicción que prevalece en la izquierda: los monumentos no pertenecen a la historia común, sino que son campo de batalla para quien tenga la voluntad de conquistarlos.
Calderón tenía razón
Pero primero hay que decirlo claro: Felipe Calderón fue presidente legítimo de México. Tomar decisiones políticas impopulares no lo convierte en tirano. Extinguir Luz y Fuerza del Centro fue una decisión correcta.
LyFC no era un símbolo de justicia obrera. Era una empresa estatal que perdía miles de millones de pesos cada año, que operaba con ineficiencia crónica, que drenaba recursos que pudieron haber ido a educación, salud o infraestructura. Subsidiarla significaba que mexicanos pobres en otros estados pagaban el costo de que electricistas sindicalizados en la capital ganaran salarios inflados. Calderón identificó un problema real y actuó. Fue impopular. Fue necesario. Eso es política, no traición.
No se niega que miles perdieron su empleo. Eso duele. Eso es real. Pero la solución no es destruir monumentos: es competir en democracia. Es presentar mejores ideas, mejores programas, mejores candidatos. Es ganar elecciones. No es decapitar estatuas en la madrugada como acto de venganza contra el pasado.
El socialismo destruye porque no puede crear
Lo que sucedió revela algo más profundo sobre cómo funciona la izquierda. El socialismo destruye porque no puede crear. Y luego llama política a su vandalismo.
Eso es exactamente lo que vimos esta semana. No fue protesta política: fue la expresión de una ideología que, incapaz de ganar argumentos en la plaza pública, elige romper piedras en la oscuridad. Una ideología que no tiene un proyecto de país que ofrecer, que no puede competir en el mercado de las ideas, que no sabe construir nada que valga la pena. Entonces hace lo que sabe hacer: ataca lo que otros construyeron.
La izquierda mexicana no tiene un modelo económico viable para reemplazar lo que critica. No tiene una respuesta seria a cómo hubiera manejado mejor la industria eléctrica. No tiene un plan para los trabajadores de LyFC que sea distinto a mantener la ineficiencia estatal. Lo que tiene es resentimiento. Y el resentimiento, cuando no puede expresarse con argumentos, busca expresarse en acción destructiva.
Una sociedad en guerra consigo misma
Pero aquí está lo que debería preocuparnos: una sociedad que permite que sus monumentos sean eliminados es una sociedad que ha aceptado que el poder, no la verdad, decide qué es válido. Que quien pueda romper tiene derecho a redefinir. Que el pasado no pertenece a todos, sino a quien esté dispuesto a usar la violencia para reescribirlo.
Calderón puede ser criticado. Los trabajadores de LyFC tienen derecho a exigir justicia. Eso es política legítima. Pero cuando la respuesta es la destrucción de patrimonio, algo ha colapsado. No es democracia: es la ley del más fuerte disfrazada de acción política.
Una democracia que se respeta a sí misma deja a Calderón en el pedestal. No lo eleva a héroe: lo deja ahí, imperfecto, controversial, incómodo. Porque tiene el derecho de existir en la historia. Y ese derecho es más importante que el sentimiento de quien quiere borrarlo.
Lo que importa ahora es qué hace el Estado. Si restaura la estatua y persigue a quienes la destruyeron, dirá que en México la historia pertenece a todos. Si la deja decapitada como trofeo, dirá que en México quien destruye tiene más autoridad que quien construye.
Una sociedad que destruye sus propios símbolos no está en guerra con el pasado. Está en guerra consigo misma.
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